En 2024, el Bulletin of the Atomic Scientists publicó un informe sobre el futuro de la investigación sobre nuevos patógenos. Obviamente, aquí incluyo mis propias opiniones al hilo de lo que contiene el documento, cuyo texto completo puede consultarse aquí.
Empieza con una cita del manifiesto sobre bioseguridad del IAP (InterAcademy Partnership, que reúne a casi 150 instituciones académicas de más de 100 países):
- Los científicos tienen la obligación de no causar daño.
- Deben tener en cuenta las posibles consecuencias perjudiciales.
- No pueden ignorar que sus trabajos podrían usarse para otros fines bien diferentes de los que ellos plantearon en sus investigaciones.
Es decir, el científico no está es la famosa torre de marfil, fuera de la sociedad y sin ninguna responsabilidad por las consecuencias, directas o accidentales, de su trabajo. El "yo no sabía..." ya no es excusa. La ciencia no es un laboratorio aislado. Es una actividad de la que depende un sueldo y que se hace en instituciones públicas o privadas con unos objetivos, sean el avance de la humanidad o el conseguir beneficios para los accionistas.
INTRODUCCIÓN
Esa petición de responsabilidad de los científicos sobre los resultados de su trabajo, no es nada nueva. P. ej. el físico J. Rotblath, quien posiblemente sabía de lo que hablaba porque formó parte del Proyecto Manhattan (y más tarde ayudó a establecer las Conferencias Pugwash sobre Ciencia y Asuntos mundiales, que recibieron el Nobel de la Paz en 1995) decía:
Los científicos ya no pueden decir que su trabajo no tiene nada que ver con la gente o con la política. Y que ignorar las implicaciones sociales de su trabajo es inmoral, porque es negarse a aceptar su responsabilidad en las consecuencias de su trabajo.
Esta responsabilidad es todavía mayor si ese trabajo se relaciona con investigaciones de gran riesgo que, según la OMS, implica tener en cuenta las consecuencias y la obligación de mitigar las que pudieran ser perjudiciales.
Obviamente, esa responsabilidad no se debe dejar únicamente a la ética personal de quien investiga (que tiene muchos condicionantes externos) si no que debe educarse y regularse. Una regulación en la que tienen que participar los propios científicos, sean leyes, normas, guías, códigos éticos o procesos de revisión de proyectos.
A pesar de que ya hubo pandemias anteriormente, y muchas de ellas causaron millones de muertes y afectados, la COVID-19 nos volvió a recordar que un único virus puede ser devastador. Pero parece que pronto lo olvidamos, porque los expertos tienen muy claro que las probabilidades de que vuelva a pasar algo parecido aumentan:
- Por el cambio climático y las alteraciones de los ecosistemas es más probable que un virus sea zoonótico.
- Por investigaciones sobre nuevos patógenos, que implican recoger muestras en zonas salvajes e investigaciones sobre su peligro, que pueden dar lugar a infecciones accidentales o a actos premeditados de liberación de patógenos.
En el informe se estudiaron 3 tipos de investigaciones:
- Sobre patógenos conocidos capaces de causar una pandemia.
- Sobre patógenos que no se creen capaces de causar una pandemia, pero que se manipulan de tal manera que podría aumentar su virulencia o transmisibilidad.
- Sobre patógenos de los que apenas se saben sus características
- Probabilidad elevada o moderada de transmisibilidad y capaces de extenderse de forma amplia e incontrolable.
- Probabilidad elevada o moderada de presentar virulencia y capaz de causar morbilidad/mortalidad significativa.
- Probabilidad de ser una amenaza severa al funcionamiento de los sistemas de sanidad pública o seguridad nacional.
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